Hay nombres que son ya una promesa. Doctorado en Investigación Interdisciplinar para la Transformación Social es uno de ellos. No es un nombre menor ni neutro. Promete cruce de saberes, comprensión compleja de la realidad, rigor intelectual, diálogo entre perspectivas y, sobre todo, formación orientada a pensar e incidir sobre procesos de cambio social. Mi problema no es con esa ambición. Al contrario: esa ambición fue parte del encanto. Precisamente por venir de la Universidad Rafael Landívar, la expectativa era legítimamente alta. No se trata de una universidad improvisada ni de un programa cualquiera. Por eso mismo, la distancia entre lo que el doctorado promete y lo que efectivamente ofrece no puede ocultarse indefinidamente detrás del prestigio institucional ni del lenguaje crítico que lo rodea.
Mi desencanto no nació de un incidente aislado ni de una diferencia menor en el aula. Tampoco de una resistencia automática a la exigencia. El semestre pasado terminé satisfecho con una parte importante de la experiencia, y eso basta para mostrar que el problema no es la incomodidad intelectual ni el disenso en sí mismo. El problema es otro: una brecha cada vez más evidente entre la promesa del programa y el tipo de formación que realmente está produciendo. Lo que empezó como expectativa académica se ha ido convirtiendo en la impresión de estar dentro de un doctorado demasiado ambicioso para lo que en realidad hace.
Desde el inicio hubo señales. Escuchar que la academia es la guardiana del saber y que le corresponde vigilar las formas en que el conocimiento se construye ya colocaba el problema en un lugar serio. Una universidad puede aportar rigor, método y sistematicidad. Lo que no puede hacer, sin vaciar su propio discurso sobre transformación, es asumirse como autoridad suprema sobre qué conocimiento vale, cómo debe validarse y desde qué marcos puede ser comprendido. Cuando la academia se atribuye esa función, el diálogo con otros saberes deja de ser diálogo y se vuelve tutela. Lo que aparece entonces no es transformación social, sino administración jerárquica de la legitimidad.
Con el paso de los cursos, la preocupación se volvió más nítida. La transformación social, al menos como se ha venido narrando en este programa, parece regresar una y otra vez al mismo lugar: la subjetividad, la sexualidad, el deseo, la interioridad, la autocomprensión, la deconstrucción personal. No niego que esos temas tengan importancia. Lo que cuestiono es su reiteración como eje casi natural de un doctorado que dice pensar la transformación de la sociedad. Por distintos caminos, siempre se vuelve al sujeto. Unas veces como deseo, otras como conciencia, otras como conversión. Cambia el vocabulario, pero no cambia el centro.
Ese énfasis no es inofensivo. Reduce la transformación social a una narrativa donde el cambio parece depender, ante todo, de la conciencia, la sensibilidad y el trabajo interior del sujeto. Y eso es insuficiente. No se pasa de lo personal a lo social por arte de magia. Entre una deconstrucción subjetiva y una transformación real median instituciones, conflictos, escalas territoriales, estructuras de poder, recursos, políticas públicas, implementación, resistencias y límites materiales. La conciencia no sustituye el método. La autocrítica no reemplaza la mediación institucional. La sensibilidad no equivale a transformación. Así como Guatemala no se transforma solo con voluntad política y autoridad presidencial, la sociedad no se transforma solo con voluntad crítica y reflexión sobre sí misma. Saltarse esas mediaciones no vuelve el pensamiento más radical. Lo vuelve más cómodo o más ingenuo.
Por eso resulta problemático que la deconstrucción personal aparezca casi como destino privilegiado de un doctorado que se nombra desde la transformación social. Un programa así debería formar para algo más que diagnosticar problemas o producir conciencia crítica. Debería formar para comprender cómo se interviene sobre realidades complejas, cómo se articulan escalas, cómo se disputan instituciones, cómo se diseña acción y cómo se traduce la reflexión en capacidad efectiva de incidencia. Diagnosticar es indispensable, pero no basta. La conciencia social importa, pero no sustituye la formación práctica e intelectual que exige el cambio real.
La paradoja se vuelve más evidente cuando el aula misma no logra transformarse. No puede hablarse seriamente de transformación social si el espacio formativo reproduce jerarquías cerradas de validación, tolera mal la discrepancia y convierte ciertos marcos en gramática casi obligatoria de lectura. Menos aún cuando la diferencia deja de discutirse en el plano de los argumentos y empieza a ser interpretada como carencia personal, insuficiencia ética o falta de deconstrucción. Un doctorado no debería pedir alineamiento afectivo o ideológico como condición de inteligibilidad. Debería poder soportar la crítica sin psicologizarla, moralizarla o convertirla en síntoma.
Incluso cuando aparecen mencionados los pueblos originarios, el problema no desaparece. Sus saberes e identidades suelen ser traídos al aula desde una perspectiva que busca validarlos a través de marcos occidentales, como si solo pudieran adquirir legitimidad al ser traducidos al lenguaje teórico que la academia ya reconoce. No se les trata plenamente como interlocutores epistémicos en condición de igualdad, sino como realidades que deben ser interpretadas, autorizadas y legitimadas por un centro que sigue decidiendo bajo qué condiciones algo puede contar como conocimiento. Eso no rompe la jerarquía epistémica. La reproduce con una apariencia más amable. No es reconocimiento pleno. Es incorporación subordinada.
A este problema conceptual se suma uno pedagógico. El desencanto no nace solo de los marcos teóricos privilegiados por el programa, sino de una experiencia formativa desigual para un doctorado de esta naturaleza. Con demasiada frecuencia, los cursos descansan en exposiciones, comentarios vagos o devoluciones incapaces de dialogar con la densidad de los textos producidos. Incluso cuando hay un seguimiento más cercano de la escritura, la discusión termina desplazándose hacia la interioridad del sujeto y hacia referencias teológicas cuya centralidad no aparece metodológicamente justificada. El problema no es que esas referencias existan. El problema es que su presencia se confunde con articulación interdisciplinaria cuando muchas veces no pasa de ser una mezcla sin rumbo claro. A ello se suman cursos metodológicamente débiles, secuencias mal construidas y una sensación persistente de desaprovechamiento académico.
Cuando estas experiencias se acumulan, el problema deja de ser anecdótico. Se vuelve estructural. Entonces la pregunta ya no es si un curso salió mejor o peor, sino qué tipo de doctorado está emergiendo de la suma de estas prácticas. Y la respuesta empieza a ser incómoda: por momentos, este programa se parece menos a un doctorado en investigación interdisciplinar para la transformación social y más a una formación en pensamiento landivariano para la conciencia social. Y no son lo mismo. La conciencia social puede ser valiosa, incluso necesaria. Pero no basta para sostener la magnitud de una promesa académica como esta, ni para justificar la ambición del nombre que el programa lleva.
Incluso al escribir esto aparece una dificultad reveladora: hay que medir tanto las palabras que por momentos uno siente que administra una crisis permanente sin poder decir las cosas por su nombre. No es cobardía. Es cálculo. Estrategia. La prudencia que exigen ciertos entornos cuando se sabe que una crítica puede ser más fácilmente castigada que respondida.
Mi desencanto, entonces, no es un exabrupto ni una reacción caprichosa. Es la consecuencia de haber tomado en serio el nombre del doctorado, el peso de la Universidad Rafael Landívar y la promesa de una formación capaz de pensar la transformación más allá del gesto, del lenguaje correcto y de la autocomprensión moral del sujeto. Precisamente porque no se trata de una universidad de cartón, la crítica no puede despacharse como malestar personal. Lo que está en juego es si un programa con esta pretensión está realmente formando para comprender y disputar la complejidad del cambio social, o si solo está produciendo una narrativa prestigiosa sobre la transformación, lo suficientemente crítica como para sonar exigente, pero demasiado débil como para transformar algo más que la conciencia de quienes la repiten.
Quizá el problema no sea que el doctorado aspire a demasiado. El problema es que, hasta ahora, parece conformarse con bastante menos de lo que promete. Y cuando un programa llamado a pensar la transformación social no logra transformar ni siquiera con seriedad sus propias prácticas pedagógicas, el desencanto deja de ser un asunto personal y se convierte en una crítica necesaria.
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