Los empresarios quieren gente mejor formada, pero para las mismas labores de siempre. La educación corre el riesgo de volverse un adiestramiento funcional si los docentes no recuperan la idea de formar para la emancipación y no para la obediencia.
La Universidad del Valle de Guatemala merece reconocimiento por abrir un espacio de debate que el país necesitaba. Pocos foros se atreven a discutir abiertamente el papel del currículo, la inteligencia artificial y el futuro de la educación. Sin embargo, ese mérito no exime de la obligación de pensar críticamente lo que allí se dijo. Porque en esta jornada, como en el hackatón de la Universidad Rafael Landívar, se repitió un patrón inquietante: mucho discurso de innovación, poca reflexión sobre la estructura política y pedagógica que sostiene el sistema educativo. La tecnología aparece como promesa de cambio, pero sin un cambio real en las relaciones humanas y en la comprensión del acto educativo, el resultado es el mismo espejismo: modernización sin transformación.
La conferencia “Inteligencia Artificial y Currículo”, impartida por Cecilia Frontera, especialista en IA y tecnología educativa, con comentarios de Yahann Eyeff Romero, maestro 100 puntos 2024, fue un punto de partida importante. Frontera presentó una panorámica de herramientas emergentes, desde el robot humanoide Pepper hasta ChatGPT y Zoe, la profesora virtual creada en Argentina. Su exposición fue lúcida al reconocer el potencial de la IA en los procesos educativos, pero también mostró, quizá sin proponérselo, la fragilidad de nuestras instituciones. Mientras en Europa y Sudamérica se experimenta con inteligencia artificial en el aula, Guatemala todavía no logra garantizar conectividad estable en las escuelas rurales. La brecha digital sigue siendo una expresión más de la desigualdad estructural que atraviesa al país.
El intercambio posterior evidenció el miedo latente de muchos docentes: el temor a ser reemplazados por la tecnología. Pero ese miedo no puede combatirse con nostalgia, sino con reflexión ética y profesional. Los docentes no se vuelven irremplazables por resistirse a la innovación, sino por demostrar que ninguna máquina puede enseñar a sentir, a dudar, a imaginar o a construir sentido colectivo. La inteligencia artificial puede asistir, pero no puede acompañar. El docente que reduce su labor a cumplir programas o llenar formularios será fácilmente sustituido; el que enseña a pensar críticamente será siempre necesario.
El problema es que una parte importante del magisterio se ha quedado atrapada en la simulación. Quieren un diploma, pero no una práctica transformadora. Se inscriben en talleres y diplomados que coleccionan certificados, pero rara vez se traduce ese aprendizaje en nuevas experiencias de aula. La pedagogía se ha convertido en un procedimiento administrativo y el currículo en una palabra hueca. No hace falta seguir debatiendo cómo se construye el currículo, sino cómo se ejecuta, cómo se vive. El conocimiento pedagógico solo tiene sentido cuando se convierte en experiencia compartida, no en documento archivado.
El foro “Experiencias del Currículo en el Aula”, moderado por Gabriela Castro de Burbano, directora ejecutiva de la Gran Campaña por la Educación, reunió a Edilson José Chun Coc (Fe y Alegría), Edwin Xol (Instituto Puente), Lilian Aguilar (Niñez y Adolescencia con Propósito, Municipalidad de Guatemala*) y Ericka Artiga (Colegio Interamericano). Las experiencias compartidas fueron inspiradoras, creativas y humanas; sin embargo, el congreso volvió a dejar sin respuesta la pregunta esencial: ¿qué competencias del currículo nacional desarrollan realmente esas prácticas? Se vio la práctica (muy linda, innovadora y bien presentada), pero se perdió la conexión con el currículo que pretendía sustentarla. Esa discusión, vital para el país, quedó otra vez relegada.
La conferencia de cierre “Desafíos Nacionales en el Desarrollo Curricular”, impartida por Lucía Verdugo, oficial nacional de educación de la UNESCO, propuso vincular la renovación curricular con políticas públicas de largo plazo. Su mensaje fue claro: el currículo no puede ser una moda, sino un compromiso sostenido de Estado. Sin embargo, el cierre del congreso, a cargo de Verónica Spross, directora ejecutiva de Empresarios por la Educación, devolvió el debate a su marco más restrictivo. Spross insistió en la urgencia de mejorar la calidad de la educación mediante alianzas público-privadas, pero su discurso, envuelto en el lenguaje de la eficiencia y la productividad, reveló un fondo inquietante: la educación como recurso económico, no como derecho humano.
No escuché la intervención de Carolina Roca, decana de la Facultad de Educación de la UVG, porque debía asistir a mi clase de doctorado. Tal vez esa coincidencia sirva como metáfora: la docencia, la investigación y la crítica corren por carriles paralelos que rara vez se encuentran. Y mientras tanto, el debate sobre el currículo sigue girando en torno a lo mismo: medir, estandarizar, certificar.
La jornada deja una lección incómoda. El peligro no está en la inteligencia artificial, sino en la falta de inteligencia ética. Las máquinas no eliminarán a los maestros, pero sí pondrán en evidencia quiénes enseñan de verdad y quiénes solo ocupan un puesto. La educación del futuro no necesita más usuarios de tecnología, sino más defensores de lo humano.
Y, sobre todo, hay que desenmascarar la intención del discurso empresarial que, bajo la retórica de la eficiencia, propone reducir la educación media a una fábrica de competencias “laborales”. Pretenden que los jóvenes desarrollen a nivel medio las habilidades que deberían cultivarse en la universidad, no para abrirles más oportunidades, sino para cerrarles el camino académico y ahorrarles salarios a las empresas. Esa no es formación, es subordinación. Una sociedad que renuncia a educar críticamente condena a sus ciudadanos a obedecer con eficacia.
Manifiesto por una educación humanista

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