Mientras el Estado improvisa, las universidades callan y los educadores resisten, el currículo sigue siendo la metáfora perfecta de nuestra crisis institucional.
El XIII Congreso Internacional de Educación de la Universidad del Valle de Guatemala inició con una promesa: pensar el currículo como impulsor de la transformación educativa. El lema suena inspirador, pero al mismo tiempo revela una paradoja. En un país donde el sistema educativo ha sido rehén de la improvisación, el currículo se vuelve un espejo incómodo. Refleja tanto la aspiración de cambio como la persistencia de un Estado sin rumbo, universidades encerradas en su torre de marfil y un magisterio que, pese al abandono, sigue sosteniendo las escuelas.
La jornada inaugural estuvo marcada por tres momentos. El primero, la conferencia Marco Orientador del Currículo, a cargo de Renato Opertti, consultor uruguayo y referente de la UNESCO. Su intervención partió de una idea contundente: los sistemas educativos actuales son estructuralmente adultocéntricos. La educación se diseña desde los adultos para los adultos, ignorando la diversidad de mentalidades, lenguajes y modos de habitar el mundo de las nuevas generaciones. Opertti llamó a construir una educación intergeneracional que dialogue entre quienes enseñan y quienes heredan el futuro. Desde ahí planteó cuatro disrupciones que atraviesan el currículo contemporáneo: la revolución tecnológica y la inteligencia artificial, la era post-COVID, la crisis de sostenibilidad y el retroceso democrático global. En cada una de ellas hay una pregunta ética y política que el currículo no puede evadir: ¿formamos sujetos para adaptarse al mundo o para transformarlo?
El segundo momento correspondió al Ministerio de Educación. Jonathan Arévalo, subdirector de Diseño y Desarrollo Curricular, presentó junto al chileno Carlos Enríquez (UNESCO) los avances de la renovación del Currículo Nacional Base (CNB). En tono técnico, Arévalo explicó que el CNB pretende ser una brújula flexible y pertinente, capaz de responder a las necesidades de la sociedad actual. Detalló que el proceso ha incluido consultas con más de cuatro mil docentes y padres de familia, así como la participación del Acuerdo Nacional por la Educación. En teoría, la actualización busca integrar nuevas prioridades: educación socioemocional, salud mental, inteligencia artificial, sostenibilidad ambiental y ciudadanía participativa. En la práctica, sin embargo, la renovación curricular enfrenta las mismas limitaciones de siempre: débil articulación interinstitucional, precariedad docente y una gobernanza educativa frágil. Sin financiamiento, sin formación y sin voluntad política, cualquier actualización corre el riesgo de convertirse en un documento decorativo.
El tercer espacio del día fue un conversatorio con tres voces guatemaltecas: Bienvenido Argueta, Estuardo Guardia y Carmen Cabrera. Cada uno aportó una mirada complementaria sobre el estado del currículo y sus posibilidades de transformación. Argueta, con la autoridad de quien ha participado en reformas desde los años ochenta, recordó que los cambios curriculares en Guatemala han estado siempre condicionados por coyunturas políticas. Las reformas surgen de crisis democráticas, no de planificaciones de largo plazo. Recordó que las experiencias más sólidas (como las que acompañaron los Acuerdos de Paz) fueron posibles porque había liderazgo, participación comunitaria y una visión de país, elementos hoy ausentes. Advirtió también que la renovación no puede reducirse a modas metodológicas: de los objetivos a las competencias, de las competencias a los estándares, de los estándares a las habilidades del siglo XXI. Si los docentes no participan, si no hay apropiación desde la práctica, toda reforma termina diluyéndose en la rutina escolar.
Estuardo Guardia complementó desde la experiencia institucional. Su trabajo en el Colegio Americano le ha permitido observar cómo los cambios curriculares reales ocurren en las escuelas que diseñan y evalúan sus propios procesos de aprendizaje. Recordó que las reformas más eficaces no se decretan, se construyen desde el aula. Cabrera, por su parte, introdujo un punto metodológico crucial: todo diseño curricular nace de una necesidad social concreta. Las universidades deben investigar, contrastar y contextualizar antes de proponer nuevos programas; de lo contrario, reproducen carreras sin pertinencia y docentes sin horizonte. Su llamado a fundamentar cada diseño en investigación y estado del arte debería ser una regla básica del sistema universitario guatemalteco.
El hilo que unió las tres intervenciones fue evidente: el currículo no puede reformarse en el vacío. No hay renovación posible sin democratización de la política educativa. Opertti lo expresó de modo global y Argueta lo tradujo al contexto local: el currículo es un instrumento político, no técnico. Decidir qué y cómo se enseña es decidir el tipo de sociedad que se quiere construir. Si esa decisión se delega a tecnócratas o consultores, el resultado será un currículo bien diagramado pero vacío de sentido social.
La reflexión que deja este primer día es incómoda pero necesaria. En Guatemala, la educación sigue atrapada en un ciclo de reformas declarativas y simulacros institucionales. El Ministerio de Educación lanza estrategias sin continuidad; las universidades privadas se refugian en su propio prestigio y la Universidad de San Carlos, capturada y sin norte, ha dejado de ser el referente público que debería orientar el debate pedagógico nacional. Mientras tanto, miles de educadores sostienen el sistema desde la precariedad, reinventando su práctica en silencio y sin reconocimiento.
Transformar el currículo implica transformar la estructura del Estado y el modo en que entendemos la función docente. Requiere recuperar la ética del servicio público, la deliberación democrática y la dignidad del trabajo educativo. El problema no es solo pedagógico; es político. Por eso, más que una renovación del CNB, lo que Guatemala necesita es una política educativa de Estado, sostenida en evidencia, diálogo y visión de largo plazo.
La educación, decía Paulo Freire, no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo. Pero para que eso ocurra, el Estado debe dejar de improvisar, las universidades deben volver a pensar y los educadores deben ser reconocidos como los verdaderos arquitectos del cambio.
Mientras eso no ocurra, el currículo seguirá siendo la metáfora perfecta de nuestra crisis institucional.
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