¡Despertemos Guatemala!

Infografía de AGN: https://agn.gt/asi-queda-conformada-la-comision-de-postulacion-para-eleccion-de-magistrados-del-tse/

Byung-Chul Han describe nuestro tiempo como una era dominada por las no-cosas. Vivimos rodeados de información, flujos, datos y opiniones que se consumen y se desechan con rapidez, sin dejar huella ni generar compromiso. La política, en este contexto, deja de ser un espacio de deliberación colectiva y se convierte en una experiencia emocional, reactiva, fugaz. Se opina, se indigna, se comparte, pero rara vez se transforma la realidad. La psicopolítica opera precisamente ahí: no reprime desde fuera, sino que modela desde dentro lo que sentimos posible, tolerable o deseable.

En ese mismo registro, Han advierte sobre la expulsión de lo distinto. La diferencia deja de ser un espacio de encuentro y se convierte en una amenaza. No se discute con quien piensa distinto, se le anula, se le caricaturiza o se le acusa de pertenecer a un enemigo abstracto. La política ya no se ordena alrededor de proyectos de sociedad, sino alrededor de afectos, miedos y pertenencias cerradas.

Edgar Morin, en ¡Despertemos!, lleva esta reflexión un paso más allá y le da forma social concreta. Cuando analiza la coexistencia de una Francia multicultural, humanista y reaccionaria, Morin no lo hace desde la economía ni desde la clásica división izquierda-derecha. Su tesis es más incómoda: los antagonismos contemporáneos no se explican por ideologías económicas, sino por umbrales de tolerancia y sentimientos de pertenencia. Lo que está en disputa no es solo cómo se distribuye la riqueza, sino quién pertenece, quién decide y quién debe obedecer.

Esa clave resulta especialmente potente para leer la Guatemala de hoy.

Las elecciones de segundo grado que atraviesa el país no son un tecnicismo institucional ni un asunto exclusivo de juristas. Son el escenario donde se disputa la forma concreta que tomará el Estado en los próximos años. Corte de Constitucionalidad, Tribunal Supremo Electoral, Colegio de Abogados, Congreso, Universidad de San Carlos. Todos estos espacios concentran poder real, aunque no aparezcan en la papeleta electoral. Y es precisamente ahí donde la corrupción se vuelve más sofisticada, más cultural, más normalizada.

Aquí la lectura de Han y Morin se encuentra. La corrupción en Guatemala no es solo una red de delitos individuales. Es una forma de pertenencia. Desde la escuela se aprende que ser vivo es más importante que ser justo. Que copiar no es grave si no te descubren. Que aprobar sin aprender es aceptable porque todos lo hacen. El derecho a la educación se desvirtúa y se convierte en una coartada moral: títulos sin contenido, méritos simulados, profesionalización aparente que luego justifica ocupar espacios de poder sin ética.

Ese aprendizaje no se queda en lo personal. Se institucionaliza. La universidad cooptada reproduce ese modelo. Los colegios profesionales lo legitiman. El Estado lo normaliza. Y cuando alguien cuestiona ese orden, no se responde con argumentos, sino con etiquetas. Comunista. Izquierdista. Radical. Conflictivo. No importa lo que diga, importa que no pertenece.

Ahí es donde Morin ayuda a desmontar una trampa discursiva muy frecuente. Lo que muchos sectores llaman “la izquierda” no es, en realidad, un proyecto económico alternativo lo que les incomoda. Lo que no soportan es la posibilidad de perder privilegios, de que se amplíe el círculo de pertenencia, de que la tolerancia se extienda a quienes históricamente han sido excluidos. No es una lucha de modelos productivos, es una lucha por el monopolio de la legitimidad.

Por eso el debate alrededor de la próxima Corte de Constitucionalidad, de las postuladoras, del rol del Colegio de Abogados o de la USAC genera tanta ansiedad. No se trata solo de quién ocupará un cargo, sino de qué tipo de país se valida simbólicamente. Un país donde la astucia maliciosa sigue siendo virtud, o uno donde la integridad deje de ser una desventaja.

La psicopolítica actúa también aquí. Se nos invita a cansarnos, a pensar que nada cambia, a refugiarnos en el cinismo o en un optimismo ingenuo. Se nos ofrece la no-cosa política: la indignación pasajera, el comentario mordaz, el meme, el rumor. Todo menos la vigilancia sostenida y la presión organizada.

Morin insiste en que despertar no es un acto individual de lucidez, sino un proceso colectivo. Significa reconocer la complejidad, aceptar que los problemas no tienen soluciones simples y asumir que la democracia no se defiende sola. En Guatemala, eso implica que la sociedad civil no puede permitirse mirar estos procesos desde la distancia. Observar, exigir, incomodar, documentar y presionar no es radicalismo, es responsabilidad cívica.

Si algo nos enseñan Han y Morin, leídos juntos, es que la crisis que vivimos no es solo institucional, ni solo moral, ni solo política. Es una crisis de sentido compartido. Y frente a ella, el mayor riesgo no es el conflicto, sino la resignación.

Despertar hoy, en Guatemala, significa negarse a aceptar que la corrupción es parte de nuestra identidad y recordar que lo que algunos llaman ideología, en realidad, es el miedo a perder privilegios que nunca debieron ser eternos.

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