No hablo desde certezas absolutas, sino desde una búsqueda honesta, atravesada por fuerzas que empujan en direcciones distintas y obligan a pensar cuando no todo se equilibra. No escribo para sentar cátedra ni para imponer un marco moral, sino para darle sentido a un momento vital e intelectual que no es lineal ni cómodo, pero sí profundamente consciente.
Llegué a Byung-Chul Han casi por accidente. Fue mi catedrática Virginia Gonfiantini quien lo mencionó en clase, y por pura curiosidad empecé a leerlo. No como parte de un plan académico ni para producir inmediatamente algo “útil”, sino como quien se permite una lectura lateral, incluso un descanso. Venía de meses de estudio intenso, de exigencias constantes, y sentí la necesidad de bajar el ritmo, de tomar distancia del deber permanente de producir.
Ese tiempo no fue una fuga ni una pausa vacía. Fue un espacio para pensar sin urgencia, para dejar que algunas ideas decantaran. Han no me dio respuestas cerradas, pero sí palabras para nombrar tensiones que ya estaban ahí: la autoexigencia, la presión por rendir, la dificultad de sostener una búsqueda crítica en un entorno que premia la repetición y castiga la incomodidad.
Estoy en un doctorado y tengo claro que quiero dar batalla intelectual ahí. No me interesa reproducir saberes domesticados ni trabajar con quienes han dejado de cuestionar y se refugian en un rol hegemónico dentro de la universidad. No lo digo con desprecio, sino con honestidad: hay formas de habitar la academia que ya no me representan. Eso implica fricción, implica elegir con quién sí y con quién no, y asumir los costos de esa decisión.
Al mismo tiempo, no quiero renunciar a la política. Nunca he creído que pensar y comprometerse sean caminos opuestos. Tras los procesos legales espurios que acabaron con Semilla, acompañar un proyecto como Raíces (formado por jóvenes que se apartaron ante la ausencia de liderazgo real de quienes hoy ostentan, pero no ejercen, el poder) es una decisión que tomo con los ojos abiertos. No busqué Semilla ni busco Raíces para que me ofrezcan un puesto. No me interesa la política como carrera vacía, sino como espacio de transformación posible.
Hay otra tensión que no puedo ignorar: el tiempo. Tengo cuarenta años. Quiero ser investigador, quiero incidir en educación, incluso asumir responsabilidades mayores si se dan las condiciones. Seguir esperando indefinidamente no es neutral: también es una forma de renuncia. Reconozco que esta urgencia me atraviesa y no pretendo esconderla detrás de discursos puristas o cómodos.
Leer a Han me ha ayudado a entender cómo esa urgencia no es solo mía, cómo está inscrita en un sistema que empuja a producirse constantemente. Pero entenderlo no me coloca fuera de ese sistema. No puedo mirarlo desde lejos. Tengo que aprender a vivir dentro de él sin dejar que me capture por completo, sosteniendo una búsqueda que no sea cínica ni ingenua.
Por eso, mis decisiones no son impulsivas ni reactivas. Son conscientes. Aspiro a transformaciones profundas, no a ajustes cosméticos. Creo que son posibles reformas tan serias como cambios constitucionales y un combate abierto y frontal a la corrupción, no su administración elegante ni su coexistencia normalizada. Sé que eso no es fácil. Sé que incomoda. Pero también sé que es posible.
No escribo esto para cerrar un debate ni para fijar una identidad definitiva. Escribo para dejar constancia de un momento de conciencia: sé que el camino que elija tendrá costos, que no habrá pureza ni garantías, pero también sé que no quiero vivir acomodado en la renuncia ni en el cinismo. Prefiero asumir tensiones reales, pensar con cuidado y actuar con responsabilidad, antes que repetir discursos cómodos o esperar indefinidamente. Esta no es una declaración de certezas, es una toma de posición consciente. Y desde ahí, seguiré buscando.

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