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A Fedra, Candelaria, Ariana, Pilar y Julia, por las conversaciones serias y las chistosas, por la paciencia compartida, por la complicidad académica que se fue formando casi sin darnos cuenta y porque, en medio de tantas tareas, logramos sostenernos.
Lo que este semestre realmente movió
Llegar al final del primer semestre del doctorado no se siente como cerrar un curso, sino como salir de un corredor donde la luz cambia a cada paso. No fue solo estudiar, leer o entregar trabajos. Fue aprender otra manera de mirar. Y en esa nueva mirada descubrí cosas que no esperaba. Que la investigación puede ser exigente sin ser rígida, profunda sin ser solemne, crítica sin convertirse en negación del mundo. Que comprender implica también abrirse a la vulnerabilidad.
Este cierre no nace de la emoción inmediata, sino de revisar mis propios procesos. Los trabajos finales ofrecen una pista clara de lo que cambió. Escribir mi Crítica y genealogía del saber sobre Popper y Foucault me obligó a situarme en la tensión entre razón y poder. No fue únicamente un contraste teórico. Fue una forma de interrogar mis supuestos sobre lo que considero verdad. En ese diálogo encontré coherencias y fricciones que iluminan la coyuntura política guatemalteca, donde la disputa por la verdad es también una disputa por la democracia y la dignidad humana.
El Informe final de investigación fue una de las experiencias más reveladoras del semestre. En él analicé la situación de la educación ambiental en Guatemala y confirmé que, aunque el país cuenta con marcos normativos avanzados y con un discurso institucional que reconoce la urgencia ecológica, la implementación real avanza de forma fragmentada, desigual y sin continuidad. El ejercicio me mostró que la educación ambiental no es solo un campo técnico ni un conjunto de actividades escolares, sino un espacio político donde se decide qué futuros son posibles y cuáles se dejan perder. Descubrí que tenemos oportunidades valiosas para transformar la relación entre sociedad y naturaleza, pero que se nos escapan entre las manos por falta de articulación interinstitucional, por la débil formación docente, por la desconexión entre política pública y territorio y por una visión instrumental que reduce la educación ambiental a eventos superficiales. Escribir este artículo me obligó a reconocer que investigar implica mirar de frente estas pérdidas silenciosas y preguntarme qué tipo de país construimos cuando dejamos pasar oportunidades de cambio.
El Portfolio integró un registro más íntimo del tránsito vivido. Ahí pude ver con claridad que mis certezas iniciales no sobrevivieron intactas. La formación recibió mis convicciones sobre neutralidad, técnica y validez, y las devolvió expandidas, cuestionadas, a veces fracturadas, pero más honestas. También me recordó que este doctorado no se reduce a contenidos, sino a un modo de pensar. Hizo evidente que investigar no es un oficio frío. Es un acto que involucra historia personal, compromisos éticos y un posicionamiento frente a la sociedad que habitamos.
Entre la emoción y la crítica: lo que realmente aprendí
Este semestre me dejó tres certezas nuevas.
- Investigar no es un ejercicio individual. Es un diálogo permanente con otros, con tradiciones intelectuales y con las realidades que nos atraviesan. La dinámica del Grupo 2 lo confirmó: pensar acompañado amplía lo que uno es capaz de ver.
- No existe una metodología neutra. Lo aprendí leyendo a Gadamer, Habermas, Popper y Foucault, reinterpretando un artículo científico, reconstruyendo mis mapas conceptuales, haciendo una investigación completa y escribiendo un artículo para publicar. Toda investigación elige un lugar desde donde mira, y esa elección tiene consecuencias.
- La reflexión epistemológica no está desconectada de la vida política. El semestre coincidió con debates nacionales sobre democracia, transparencia, derechos colectivos y criminalización. La lectura de paradigmas y autores no fue un ejercicio aislado. Se mezcló con lo que vivimos en Guatemala, con las luchas y retrocesos de los últimos años, con preguntas que aún no encuentran respuesta.
Y, quizás lo más importante, entendí que este semestre no me ofreció un método para repetir, sino una forma de orientarme en la complejidad. Las preguntas que se abrieron son más valiosas que las certezas que perdí. Y eso, en un doctorado, es una buena señal.
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