En el curso Epistemología de las Ciencias he estado leyendo a Michel Foucault, en especial sus obras Vigilar y castigar y La historia de la sexualidad. Ambos textos me obligaron a pensar en la forma en que el poder se organiza, se justifica y se reproduce a través de instituciones, leyes y discursos. Pero leer teoría sin mirar alrededor sirve de poco. La letra muerta no transforma, ni interroga, ni incomoda. Solo adquiere sentido cuando se pone en relación con la realidad. Reflexionar sobre Foucault en Guatemala se vuelve entonces un ejercicio urgente para quienes aún tenemos tiempo de pensar y no queremos acostumbrarnos a la opresión ni al silencio.
Foucault explicó que el poder moderno ya no necesita cadenas ni castigos públicos para controlar a las personas. Basta con que todos sepamos que estamos siendo observados. En su metáfora del panóptico, una torre central vigila celdas abiertas donde los prisioneros no saben cuándo están siendo vistos. Esa incertidumbre produce obediencia. Lo inquietante es descubrir que, en nuestro país, esa estructura no solo existe, sino que se ha multiplicado y vuelto más sofisticada. Hoy el panóptico no se levanta de piedra ni hierro: se construye con leyes, fiscalías, tribunales, decretos y comunicados oficiales. Su forma contemporánea es el panóptico judicial, una maquinaria que vigila, castiga y se protege a sí misma.
“La mirada del poder ya no observa desde la torre, sino desde los juzgados.”
El poder que se defiende con la ley
Hace poco, el juez José Gilberto Godoy Archila se negó a girar una orden de captura contra Roberto Arzú, luego de que la fiscal general Consuelo Porras lo denunciara por “violencia contra la mujer” tras recibir críticas a su gestión. La decisión del juez no fue solo jurídica, fue política en el sentido más amplio: recordó que la Constitución protege el derecho a criticar a los funcionarios públicos. El fallo marcó un límite ético frente a un uso abusivo de la Ley de Femicidio, que en manos de ciertos actores se ha convertido en un instrumento de intimidación y silencio. Lo que debería servir para proteger a las víctimas, en muchos casos se usa como escudo para blindar la corrupción.
Este episodio deja ver cómo el panóptico se disfraza de legalidad. No necesita cárcel; basta con la amenaza de una denuncia para que la crítica calle y la prensa se autocensure. La mirada del poder ya no observa desde la torre, sino desde los juzgados.
Vigilancia política y disciplinamiento social
Lo mismo ocurre con la persecución al Movimiento Semilla y a sus simpatizantes. Durante el proceso electoral, la Fiscalía Especial contra la Impunidad presionó a ciudadanos para que denunciaran al partido, sembrando miedo e incertidumbre. Fue un panóptico político en pleno funcionamiento: la ley convertida en espejo que todo lo observa, dispuesto a castigar a quien se aparte de la línea.
France24 lo llamó un “cerco judicial”, pero más que un cerco fue una lección de poder: el aparato judicial puede observar, paralizar y definir quién tiene derecho a competir políticamente.
El patrón se repite en las universidades y comunidades. En Totonicapán, los líderes Luis Pacheco y Héctor Chaclán fueron encarcelados bajo acusaciones de terrorismo por encabezar protestas pacíficas. En la Universidad de San Carlos, estudiantes críticos fueron expulsados y procesados penalmente. La prisión se ha vuelto expediente, la protesta se ha vuelto falta administrativa. El castigo ya no se aplica en la plaza pública, sino en los despachos judiciales y en los consejos universitarios. El panóptico guatemalteco es polimorfo: observa desde la ley, desde la educación, desde la moral.
La mirada inversa: la ciudadanía como vigilancia ética
Sin embargo, donde hay poder también hay resistencia. Foucault lo decía y la historia lo confirma. Frente a un panóptico opresor, la única defensa posible es la mirada inversa, la transparencia ciudadana.
El poder se debilita cuando deja de mirar en una sola dirección. Cuando la prensa libre investiga, cuando la sociedad documenta abusos y cuando las redes de solidaridad amplifican la voz de quienes no tienen tribuna, la vigilancia se democratiza.
No se trata de negar la información, sino de reapropiarse de ella. Los datos pueden usarse para controlar, pero también para liberar. El acceso a la información pública, la auditoría ciudadana y el periodismo independiente son herramientas que desarman el panóptico y devuelven al pueblo la capacidad de observar al poder.
La justicia como emancipación
El juez Godoy Archila demostró que el derecho puede ser un espacio de emancipación cuando se ejerce con conciencia ética. Su fallo no fue contra la ley, sino contra su deformación. Ese acto aislado es un recordatorio: el poder judicial no está destinado a vigilar, sino a garantizar la libertad.
Mientras tanto, los líderes comunitarios y los estudiantes procesados nos recuerdan que resistir también puede ser enseñar. Que hay dignidad en seguir pensando, incluso cuando pensar se vuelve peligroso.
Romper la mirada única
Combatir el panóptico opresor y corrupto implica más que denunciarlo. Requiere romper la mirada única del poder, esa que convierte a todos en sospechosos y a pocos en intocables.
La salida no está en el silencio, sino en la palabra. No en la obediencia, sino en la crítica. No en la resignación, sino en la vigilancia colectiva.
En una sociedad donde la mirada del poder pretende dominarlo todo, mirar de vuelta se vuelve un acto político. Que la ciudadanía observe al poder, que la información circule, que la justicia deje de ser instrumento de miedo y se convierta otra vez en un pacto de libertad.
Porque el panóptico se desmorona no cuando se destruye la torre, sino cuando quienes están dentro dejan de sentirse observados y comienzan a mirar juntos hacia la luz.
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