Cuando inicié la maestría en Políticas Sociales y Gestión Pública, me obsesionaba encontrar un orden en el universo de las políticas: políticas de Estado, de gobierno, nacionales, sociales, económicas… Las intentaba clasificar de forma casi determinista, separada y jerárquica. Pensaba que el problema de Guatemala era de definiciones.
Pero el tiempo y el estudio me mostraron algo más profundo: las comunidades que dicen “no recibimos nada del gobierno” y los maestros que repiten “las políticas no responden a la realidad en el aula” tienen razón. No se trata solo de taxonomías, sino de la incapacidad del modelo de planificación para actuar como un sistema vivo que integre diversidad y genere cambios reales. Haber sido parte del gobierno y ver que seguimos haciendo lo mismo, aun cuando es evidente que no funciona, me frustra y me mueve a buscar alternativas.
Los textos que he leído han cambiado mi manera de mirar la realidad. Karl Popper, en La lógica de la investigación científica, me hizo aceptar que el conocimiento no es definitivo sino transitorio y falseable, porque “una teoría científica debe ser refutable” si quiere considerarse parte del conocimiento. Thomas Kuhn, en La estructura de las revoluciones científicas, me recordó que estamos en medio de una revolución científica: “los paradigmas no solo guían la investigación, sino que determinan lo que cuenta como problema y como solución”. Esto me hace sentir que es el momento de transformar la planificación pública, porque el mundo que la rodea también cambió.
El encuentro con Boaventura de Sousa Santos (Epistemologías del Sur), Catherine Walsh (Interculturalidad y decolonialidad del poder) y Enrique Dussel (1492: El encubrimiento del otro) fue revelador. Santos me enseñó que el pensamiento moderno es “abismal”, dividiendo la realidad entre lo que se considera válido y lo que se invisibiliza, produciendo epistemicidio. Walsh me mostró que la interculturalidad no puede reducirse a folclor, sino que es “una herramienta de lucha, de resistencia y de construcción de mundos otros”. Dussel me hizo comprender que la colonización no fue solo material sino epistémica: aún pensamos con categorías impuestas hace más de 500 años.
Estos autores pusieron palabras a mi rebeldía de administrador público. Comprendí que la monoculturalidad del Estado ya no puede sostenerse y que la descentralización y territorialización no son lujos, sino condiciones para la justicia. No se trata de sustituir el pensamiento occidental, sino de complementarlo: de permitir que epistemologías distintas coexistan para enriquecer el modelo de planificación.
Este proceso también me obligó a mirarme a mí mismo. La Dra. Virginia Gonfiantini, mi catedrática, dice que debo “quitarme la camiseta de técnico”, pero es difícil. Soy parte del objeto de estudio y no puedo desprenderme de la urgencia que me genera el país. Me cuesta la distancia académica porque mi visión está atravesada por una urgencia vital de transformar la realidad, de dejar algo antes de que el tiempo se acabe.
Mi investigación busca precisamente eso: diseñar un modelo de planificación complejo, adaptativo e intercultural, que pueda ser replicable en el gobierno. No quiero solo un trabajo de tesis; quiero un aporte concreto. Porque mientras no tengamos políticas educativas robustas, seguiremos estancados. Ese “documentito” del Consejo Nacional de Educación me parece una afrenta. Necesitamos políticas de verdad, que respondan a la gente, que tomen en cuenta los saberes locales y que puedan mejorar la calidad de vida de los guatemaltecos.

Comentarios
Publicar un comentario