En la rutina de una cafetería cualquiera, a las 7:35 de la mañana, todo parece normal. Una mujer entra, como siempre, esperando su café y un respiro antes de iniciar el día. Pero algo está fuera de lugar: el silencio no es tranquilo, sino tenso, los rostros no son familiares, sino rígidos. Entonces aparece él, un hombre que rompe la quietud con una canción dirigida a ella. Lo que podría ser una escena romántica se revela pronto como una amenaza: los clientes deben cantar cada línea de la melodía, forzados a participar en un espectáculo que nunca eligieron, porque el protagonista lleva una bomba al pecho. El clímax llega con una explosión que no deja muertos, sino confeti. Y, sin embargo, lo que queda no es alivio, sino incomodidad.
No es una historia de amor. Es un acto de violencia contra una mujer. Lo que vemos no es un gesto afectivo, sino un chantaje disfrazado de ternura, un love-bombing grotesco que convierte la intimidad en coerción pública. Ella no tiene salida: debe soportar la presión de una serenata que es, en realidad, una amenaza de muerte. Y ahí está la primera lectura ineludible: se trata de violencia de género. Porque el hecho de que la víctima sea una mujer no es casual; el mensaje queda claro: se le somete porque se le percibe vulnerable, porque en nuestra cultura todavía se cree que las mujeres pueden ser objeto de control, de intimidación, de espectáculo.
Pero el corto no se queda en ese plano individual. Da un giro más profundo cuando muestra cómo los demás reaccionan. Los clientes obedecen, a regañadientes, pero obedecen. Ceden a la coreografía impuesta, siguen la canción aun sabiendo que algo está mal. Y esa obediencia resignada es lo que lo convierte en metáfora social. La bomba no es amor, es poder. Y el confeti final no es liberación, sino la banalización de la violencia: el recordatorio de que, incluso cuando una amenaza se disfraza de juego, sigue siendo coerción.
Ahí es donde Guatemala entra en escena. Como sociedad, nos parecemos a esa mujer obligada a soportar un acto que nunca pidió. Llevamos años enfrentando un poder que se disfraza de discurso, de promesa o de legalidad, pero que en el fondo es chantaje. Y al mismo tiempo, también somos esos clientes que aceptan cantar para no arriesgarse. Cuando se criminaliza la protesta, cuando se persigue a quienes denuncian corrupción o defienden derechos, el mensaje es el mismo que en la cafetería: “haz lo que se te dice o habrá consecuencias”. La rutina política nos ha enseñado a bajar la mirada, a aceptar que el abuso se normalice, a convertir lo inaceptable en costumbre.
Lo inquietante es que la violencia contra la mujer y la violencia política comparten un mecanismo: ambas buscan quebrar la libertad individual, ambas se sostienen en la complicidad y ambas se perpetúan en silencio. En el corto, la mujer es la víctima directa, pero si ampliamos la metáfora, esa mujer somos todos nosotros como ciudadanía: expuestos a un poder que nos obliga a participar en un guion que no elegimos, bajo la amenaza de que resistir puede costarnos caro.
Lo más revelador de 7:35 de la mañana es que la única grieta en esa coreografía es el intento de la mujer de buscar ayuda. Ese gesto mínimo es el recordatorio de que siempre hay una salida, aunque no derroque al agresor en el instante. En el plano social, esa búsqueda de ayuda es la denuncia, la organización comunitaria, la voz que rompe el guion. Y si algo nos deja este corto, es la certeza de que resistir —aunque sea con un gesto pequeño— es mejor que cantar al ritmo de una violencia que se disfraza de amor, de seguridad o de estabilidad.
Enlace para ver el cortometraje: Cortometraje "7:35 de la mañana", escrito, dirigido y protagonizado por Nacho Vigalondo
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