Introducción
La pregunta “¿qué es la vida?” ha
acompañado a la humanidad desde sus orígenes, desafiando tanto a filósofos como
a científicos. Antes de que la biología se consolidara como ciencia, pensadores
de distintas épocas intentaron desentrañar este misterio desde perspectivas
metafísicas, lógicas y observacionales. Hoy, la ciencia nos ofrece definiciones
precisas basadas en propiedades emergentes —aquellas que surgen de la
interacción y organización de la materia—, mientras que la filosofía nos
recuerda que la vida no se agota en su dimensión biológica: está atravesada por
la ética, la cultura y la responsabilidad que asumimos como seres conscientes.
Este ensayo se sitúa entre lo
emergente y lo ético, explorando la vida como fenómeno natural y como
experiencia moral. Analiza cómo distintas corrientes de pensamiento, desde
Aristóteles hasta Adela Cortina, han intentado explicar su naturaleza y sentido.
La reflexión parte de los elementos que la ciencia reconoce como indispensables
para que un organismo esté vivo y se extiende hacia las preguntas fundamentales
que definen nuestro lugar en el mundo: ¿para qué vivimos?, ¿cómo debemos vivir?
y ¿qué responsabilidad tenemos hacia los demás seres?
Lo emergente
Definir “la vida” ha sido, desde
tiempos antiguos, una de las preguntas más profundas y persistentes de la
filosofía y de la ciencia. Ernst Mayr (2016) subraya que no se trata de un
problema meramente técnico, sino de un interrogante que atraviesa culturas y
épocas. Desde los primeros grupos humanos que habitaban cerca de la naturaleza
y dependían de su interacción con animales y plantas, la vida no era algo que
se definiera, sino algo que se experimentaba en su relación directa con el
entorno. Para estos pueblos, la vida y la muerte formaban parte de un mismo
ciclo natural y espiritual.
Mayr explica que en esas etapas
tempranas resultaba difícil establecer una distinción clara entre la vida de un
organismo y el “espíritu” de un objeto natural. El animismo —concebir que ríos,
montañas, piedras y fenómenos naturales poseen una forma de vida o de espíritu—
fue la forma dominante de pensamiento. Así, el hecho de “estar vivo” no estaba
limitado a lo que hoy llamaríamos “organismos”, sino que se extendía a
elementos y fuerzas de la naturaleza. Con el tiempo, este concepto fue
transformándose. En el pensamiento occidental, progresivamente, los objetos
inanimados dejaron de ser considerados “vivos” o “animados” en este sentido, y
la palabra “vida” comenzó a reservarse para describir a los seres que cumplen
funciones biológicas.
En este recorrido histórico, Mayr
señala la influencia de la tradición judeocristiana, en la que persiste el
concepto de “alma” como un principio vital único en el ser humano. Este “alma”
cristiano, en buena medida heredero de las concepciones griegas, se entendía
como aquello que se desprendía del cuerpo al morir, dejando tras de sí un
cuerpo inerte. La noción del alma, en consecuencia, no era meramente religiosa:
también servía como criterio para diferenciar lo vivo de lo muerto.
En la Antigüedad griega, la
reflexión sobre la vida estuvo marcada por la búsqueda de su principio
fundamental. Sócrates, a través de los diálogos de Platón, nunca ofrece una
definición técnica de “vida”, pero sí establece un criterio ético: lo que hace valiosa
la vida es la virtud y el examen constante de uno mismo. En la Apología de
Sócrates, Platón pone en boca del filósofo la célebre frase: “Una vida no
examinada no merece ser vivida”. Aquí, la pregunta no es “¿qué es la vida?” en
un sentido biológico, sino “¿qué vida vale la pena vivir?”, situando el foco en
la autoconciencia y en la búsqueda del bien.
Platón, en otros diálogos como el
Fedro y el Timeo, describe el alma como el principio que se mueve a sí mismo
(autokinēsis) y, por lo tanto, como el fundamento de toda vida. De ahí que
incluso para entender la biología de su tiempo —muy rudimentaria— se partiera
de un concepto metafísico: la vida es aquello que se mueve desde sí mismo y no
depende de otro para iniciar su movimiento.
Aristóteles, discípulo de Platón,
da un paso decisivo hacia una definición más estructurada en De Anima (Acerca
del alma). Allí propone que todos los seres vivos comparten el hecho de tener
“alma” (psyché), pero distingue tres tipos:
- Alma vegetativa: propia de las plantas, responsable de la nutrición y la reproducción.
- Alma sensitiva: propia de los animales, que añade la percepción y el movimiento voluntario.
- Alma racional: exclusiva de los humanos, que incorpora la capacidad de pensar y razonar.
Para Aristóteles, la vida es
inseparable de las funciones propias de cada ser según su tipo de alma. Además,
introduce un elemento teleológico: todo ser vivo tiende a un fin. En el caso
humano, ese fin último es la eudaimonía, un florecimiento pleno logrado
mediante la razón y la virtud.
Con la modernidad, y
especialmente con René Descartes, el concepto de vida comienza a desligarse de
lo espiritual para buscar una explicación mecánica. En sus “Meditaciones acerca
de la Filosofía Primera”, Descartes (1642/2008) sostiene que debemos dudar de
todo lo que no tenga fundamentos claros y distintos, tal como los provee la
ciencia. Propone que el alma y el cuerpo son sustancias distintas: la primera,
indivisible e inmortal; el segundo, divisible y corruptible. Así, aunque el
cuerpo muera, el alma persiste.
Sin embargo, Descartes también
considera que los animales no humanos carecen de alma racional y, por tanto,
son “autómatas” o máquinas complejas. Esto implica que, en su sistema, la vida
animal se explica mecánicamente, mientras que la vida humana requiere la
presencia del alma inmaterial. Este dualismo marcará siglos de discusión sobre
qué distingue a lo humano de lo meramente biológico.
Ernst Mayr recuerda que, hasta
Darwin, no existía una explicación científica de la muerte ni, por extensión,
una definición rigurosa de la vida. Charles Darwin, en El origen de las
especies, no ofrece una definición de “vida” como tal, pero sí introduce un
marco que cambia radicalmente la forma de entenderla: los seres vivos son el
resultado de un proceso de evolución por selección natural. De aquí se deriva
que la vida no es un estado fijo, sino un fenómeno dinámico, caracterizado por
la variación, la herencia y la adaptación.
En la actualidad, la biología
define la vida a partir de propiedades observables y medibles. Audesirk,
Audesirk y Byers (2003) definen la vida como una “cualidad que distingue a un
ser vital y funcional, de un cuerpo muerto” (p. 2). Atribuyen a esta “cualidad”
un conjunto de propiedades emergentes: características que no pueden explicarse
únicamente a partir de la suma de las partes que componen un ser vivo, sino que
surgen de la interacción y organización de esas partes. Estas propiedades
permiten diferenciar un organismo vivo de la materia inerte y, en conjunto,
ofrecen un marco para identificar lo que llamamos “vida” en términos
biológicos.
- Estructura compleja y organizada. Los seres vivos están constituidos por niveles jerárquicos de organización, desde moléculas orgánicas simples hasta sistemas complejos. Las células, como unidades básicas de la vida, poseen membranas que delimitan su interior y organelos que cumplen funciones específicas. En organismos multicelulares, la especialización celular permite que tejidos, órganos y sistemas trabajen de forma coordinada. Esta organización no es azarosa: responde a patrones codificados genéticamente y moldeados por la evolución.
- Homeostasis. La vida implica mantener condiciones internas estables frente a cambios externos, proceso conocido como homeostasis. Por ejemplo, los seres humanos regulan su temperatura corporal mediante la sudoración o el temblor; las plantas controlan la pérdida de agua cerrando sus estomas. La homeostasis es una condición indispensable para que las reacciones bioquímicas que sostienen la vida ocurran de manera eficiente.
- Obtención y uso de energía (metabolismo). Todo organismo vivo necesita captar energía de su entorno y transformarla para realizar sus funciones vitales. Las plantas y cianobacterias convierten la energía solar en energía química mediante la fotosíntesis; los animales obtienen energía a través de la ingestión y digestión de otros organismos. El metabolismo incluye procesos anabólicos (construcción de moléculas complejas) y catabólicos (degradación de moléculas para liberar energía), ambos esenciales para el mantenimiento y crecimiento del organismo.
- Respuesta a estímulos. Los seres vivos detectan y reaccionan a cambios en su entorno. Esta respuesta puede ser inmediata, como el reflejo de retirar la mano al tocar un objeto caliente, o gradual, como el fototropismo en las plantas que crecen hacia la luz. La capacidad de respuesta asegura la supervivencia, ya que permite evitar peligros y aprovechar oportunidades en el ambiente.
- Crecimiento y desarrollo. La vida implica no solo aumentar de tamaño, sino también pasar por un proceso ordenado de cambios que conducen a la madurez. Estos cambios están dirigidos por la información genética y pueden incluir la diferenciación celular, la metamorfosis o el envejecimiento. El crecimiento y desarrollo garantizan que un organismo pueda alcanzar la etapa reproductiva y transmitir su información genética.
- Reproducción y herencia. La capacidad de generar descendencia es central para la continuidad de la vida. Todos los organismos utilizan un patrón molecular basado en ácido desoxirribonucleico (ADN) —o ácido ribonucleico (ARN) en algunos virus— para almacenar y transmitir la información genética. La reproducción puede ser asexual, generando copias idénticas del progenitor, o sexual, combinando material genético de dos individuos y aumentando así la variabilidad genética.
- Capacidad de evolución. La evolución, a través de la selección natural y otros mecanismos, permite que las poblaciones de organismos cambien con el tiempo, adaptándose a nuevos entornos o condiciones. Este proceso explica la diversidad de formas de vida y la complejidad creciente que observamos en la historia biológica de la Tierra.
La noción de propiedades
emergentes se refiere a características y comportamientos que no pueden
predecirse completamente a partir de la suma de las partes que componen un
sistema. En el contexto biológico, esto implica que la vida no es simplemente
el resultado de la interacción de moléculas aisladas, sino que surge de una
organización específica y compleja que genera cualidades únicas. Por ejemplo,
aunque las proteínas, los lípidos y los ácidos nucleicos son componentes
esenciales de los organismos vivos, ninguno de ellos por separado es “vivo”. Es
solo a través de la interacción organizada en estructuras como las células que
emergen funciones como la autorreplicación, el metabolismo y la respuesta a
estímulos.
Un caso ilustrativo es el de las
membranas celulares. Hechas principalmente de fosfolípidos, las membranas son
más que una barrera física; constituyen un espacio organizado que regula el
intercambio de sustancias y señales. Esta capacidad de seleccionar qué entra y
qué sale es una propiedad emergente, pues depende no solo de la composición
química de la membrana, sino también de su estructura y relación con otros
componentes celulares.
Otra propiedad emergente clave es
la homeostasis: la capacidad de mantener un equilibrio interno estable frente a
cambios externos. Este fenómeno no puede reducirse a una sola reacción química;
involucra redes de retroalimentación complejas que coordinan múltiples sistemas
biológicos. Desde la regulación de la temperatura corporal en mamíferos hasta
el control del pH sanguíneo, la homeostasis es un ejemplo de cómo la
organización del sistema produce resultados cualitativamente nuevos.
En síntesis, ninguna de estas
propiedades por sí sola basta para definir la vida. Un cristal puede crecer y
desarrollar formas geométricas perfectas, pero no responde a estímulos ni se
reproduce de forma biológica. Una llama consume energía, se propaga y parece
“moverse”, pero carece de estructura celular y herencia genética. Un robot, por
muy avanzado que sea, puede procesar información, “aprender” y reaccionar a su
entorno, pero no tiene metabolismo ni la capacidad de autorrepararse
orgánicamente. Los virus poseen material genético y pueden evolucionar, pero
dependen enteramente de un huésped para replicarse, lo que los ubica en una
zona fronteriza entre lo vivo y lo inerte. Incluso sistemas como las ciudades o
internet muestran crecimiento, intercambio de información y adaptabilidad, pero
son creaciones humanas sin metabolismo propio. La vida, en términos biológicos,
emerge solo de la conjunción de todas estas características —metabolismo,
organización celular, reproducción, respuesta a estímulos y evolución— y se
manifiesta como un fenómeno dinámico, complejo y profundamente interconectado
con su entorno.
La vida ha sido vista como alma,
como narración, como proceso mecánico o como fenómeno evolutivo. Ninguna de
estas miradas agota el tema. Quedan abiertas preguntas como: ¿Podemos concebir
vida sin ADN? ¿Existen formas de vida que no encajen en nuestras definiciones
actuales? ¿Hasta qué punto nuestra definición de vida está condicionada por
nuestra experiencia como humanos?
Paul Ricoeur (2006), en su ensayo
“La vida: Un relato en busca de narrador”, parte de lo que él llama una “idea
trivial” —la vida entendida como el intervalo entre el nacimiento y la muerte—
para luego complejizarla. Inspirándose en la máxima socrática, plantea que una
vida adquiere sentido a medida que se organiza narrativamente. No se trata solo
de vivir acontecimientos, sino de integrarlos en una trama que permita
reconocer continuidad y significado. En ese sentido, la vida no se define tanto
por lo que “es” en términos biológicos, sino por la manera en que se cuenta, se
interpreta y se apropia.
Ricoeur retoma el concepto
aristotélico de mímesis, entendida como la configuración creativa de la
experiencia en un relato, para aplicarlo a la biografía personal. Así, la vida
se presenta como una sucesión de eventos que, mediante la narración, se convierten
en historia. Esta perspectiva desplaza la pregunta desde lo biológico hacia lo
hermenéutico: la vida es inseparable de su interpretación.
Jacques Monod (1970), biólogo
molecular y Premio Nobel, en su obra “El azar y la necesidad”, define la vida
como “un objeto físico, un ser cuya morfología y funcionamiento están
determinados por un programa inmanente, transmitido mediante un código genético”.
Para Monod, la característica esencial de los seres vivos es la teleonomía: la
apariencia de estar orientados a un fin, aunque dicho fin no provenga de un
propósito externo, sino de procesos ciegos como la selección natural.
Monod introduce un contraste
decisivo con la tradición filosófica anterior: no hay una finalidad intrínseca
metafísica en la vida, sino una dirección aparente resultado de leyes naturales
y contingencias históricas. Su visión materialista rompe con el dualismo
cartesiano y con el vitalismo aristotélico, y plantea que la “esencia” de la
vida está inscrita en su capacidad de reproducir su estructura con variaciones.
El físico Erwin Schrödinger
(1948), en “¿Qué es la vida?”, buscó una definición desde la física teórica.
Observó que los organismos vivos mantienen un estado de orden interno —un “bajo
grado de entropía”— extrayendo energía del medio. Según él, la vida se sostiene
gracias a un delicado equilibrio inestable: la capacidad de contrarrestar la
tendencia al desorden a través del metabolismo y la replicación.
Schrödinger introdujo la noción
de “cristal aperiódico” para referirse al material genético, anticipando la
estructura del ADN descubierta por Watson y Crick en 1953. Su trabajo influyó
profundamente en la biología molecular y en la forma de entender la vida como
un fenómeno fisicoquímico.
Lynn Margulis (1998/2013), en su
trabajo “Planeta simbiótico”, propone que la vida no es solo una lucha
competitiva, como en la lectura simplificada de Darwin, sino también un proceso
cooperativo a gran escala. Su teoría endosimbiótica —hoy ampliamente aceptada—
sostiene que estructuras celulares clave, como las mitocondrias y los
cloroplastos, se originaron por la integración de bacterias libres en otras
células.
Margulis amplía la definición de
vida al subrayar la interdependencia: ningún organismo es completamente
autónomo; la vida se construye y mantiene en redes simbióticas. Esto introduce
un componente relacional a la definición: vivir es también co-vivir.
Lo ético
Si nos centramos exclusivamente
en un enfoque positivista, la vida podría definirse como un fenómeno
fisicoquímico singular: un conjunto de reacciones químicas organizadas que, de
algún modo, logran desafiar temporalmente las leyes de la termodinámica, manteniendo
un orden interno frente a la entropía. Bajo este prisma, el ser humano —al
igual que cualquier otro ser vivo— no sería más que materia compleja,
configurada según patrones genéticos y sujeta a procesos de variación,
reproducción y muerte. Esta visión, aunque científicamente rigurosa en sus
descripciones, resulta insuficiente para agotar el sentido de la vida, porque
reduce su comprensión a aquello que puede medirse y cuantificarse, dejando
fuera dimensiones igualmente reales: la subjetividad, la experiencia vivida, la
capacidad de otorgar sentido y la construcción de valores.
Nuestra naturaleza, sin embargo,
nos conduce inevitablemente a pensar que hay algo más. No sólo existimos: nos
interrogamos sobre quiénes somos y por qué estamos aquí. Esta capacidad
reflexiva ha sido motor de la filosofía, la religión, el arte y la ciencia, y
ha dado origen a la sociedad y a la cultura como espacios donde los seres
humanos construimos significados compartidos. La vida humana no se agota en la
supervivencia biológica; se despliega en la interacción con otros, en la
participación en proyectos colectivos, en la búsqueda de fines que trascienden
el mero instinto de conservación.
Es en este punto donde resulta
útil la propuesta de Adela Cortina sobre la ética aplicada y la hermenéutica
crítica de las actividades humanas. Según Cortina, para comprender y orientar
nuestras acciones no basta con principios abstractos ni con descripciones
técnicas: necesitamos examinar las actividades concretas en las que se
desarrolla la vida social —la medicina, la educación, la política, la economía,
la comunicación, la ciencia— y descubrir en ellas los bienes internos que les
dan sentido, las virtudes que requieren y los valores que las legitiman. La
vida, entendida así, es inseparable de la trama de actividades que la
configuran y de la reflexión ética que orienta su desarrollo.
El núcleo de esta propuesta es el
reconocimiento de cada persona como interlocutor válido, es decir, como sujeto
capaz de participar en la deliberación sobre las normas y fines que afectan a
su existencia. Cortina le da un matiz práctico: las decisiones no se toman en
un vacío, sino en contextos sociales concretos que exigen diálogo
interdisciplinar, responsabilidad y apertura a la pluralidad de perspectivas.
Relacionar este enfoque con la
pregunta “¿qué es la vida?” implica reconocer que, si bien toda definición
parte de una base biológica —y la ciencia nos ofrece descripciones cada vez más
precisas de los procesos vitales—, el sentido de la vida humana se amplía
cuando incorporamos su dimensión ética y social. Las actividades humanas no son
meros mecanismos funcionales; son prácticas que persiguen bienes internos y
que, al hacerlo, configuran modos de vida. Una empresa no es sólo un sistema de
producción, sino un espacio donde se pueden promover o vulnerar derechos,
cultivar o degradar virtudes como la equidad, la responsabilidad o la
honestidad. Una práctica médica no es únicamente un conjunto de procedimientos
clínicos, sino una relación que involucra cuidado, respeto y justicia.
Desde esta perspectiva, la vida
no puede ser reducida a la suma de procesos materiales ni tampoco idealizada
como una esencia inmutable: es una realidad compleja que se despliega en
múltiples planos —biológico, personal, social, cultural— y que exige, para ser
vivida en plenitud, un marco ético que guíe nuestras acciones hacia el respeto
mutuo y la construcción de bienes comunes.
Al integrar la mirada de la
ciencia, que nos explica cómo funciona la vida, con la reflexión ética que nos
orienta sobre cómo debemos vivirla, nos acercamos a una comprensión más
completa. La ciencia nos dice que somos materia organizada; la ética nos recuerda
que también somos relato, responsabilidad y proyecto. La vida, así entendida,
es una oportunidad para actuar como miembros de una comunidad en la que todos
merecemos igual consideración y respeto, y en la que nuestras actividades
—individuales y colectivas— se orienten a la construcción de un mundo más
justo, sostenible y humano.
Históricamente, la filosofía se
acercó a la pregunta “¿qué es la vida?” desde una perspectiva ontológica y
teleológica. Filósofos como Aristóteles concebían la vida en términos de
“entelequia”, un principio interno que dirige a los seres hacia su fin natural.
Esta visión integraba no solo los procesos físicos, sino también un propósito
intrínseco. Por el contrario, la biología moderna, influenciada por el
mecanicismo cartesiano y el empirismo, ha tendido a explicar la vida en
términos de procesos observables, medibles y reproducibles.
El contraste radica en el nivel
de explicación: mientras la biología busca describir y predecir comportamientos
de los sistemas vivos basándose en leyes físicas y químicas, la filosofía
intenta interpretar el significado y la finalidad de esos sistemas. Ambas
perspectivas, sin embargo, pueden dialogar productivamente. Por ejemplo, la
biología reconoce hoy que la complejidad y la adaptabilidad de la vida plantean
preguntas que van más allá de la mera descripción, abriendo espacio a
consideraciones filosóficas sobre el propósito y el valor de los seres vivos.
Definir la vida no es solo un
ejercicio teórico; tiene consecuencias prácticas profundas. En el ámbito
médico, determinar el inicio y el fin de la vida influye en debates sobre el
aborto, la eutanasia y los trasplantes de órganos. En la bioética, el reconocimiento
de ciertas formas de vida como “dignas de consideración moral” orienta
políticas de conservación, investigación y bienestar animal.
Si adoptamos una definición
estrictamente materialista, podríamos caer en el riesgo de reducir la vida a su
mera utilidad para el ser humano. Por el contrario, una visión que reconoce la
interdependencia ecológica y la dignidad intrínseca de todos los seres vivos
podría fomentar políticas más sostenibles y solidarias. Este enfoque es
especialmente relevante en contextos como el guatemalteco, donde la
biodiversidad es un recurso invaluable y, a la vez, un patrimonio cultural y
espiritual para muchas comunidades.
Más allá de definiciones
biológicas, filosóficas o incluso teológicas, la vida se presenta como un
llamado ineludible a la acción. No basta con existir; vivir implica actuar,
dejar huella, transformar. Mi existencia adquiere sentido en la medida en que mis
acciones generan un impacto real y duradero sobre la realidad, orientado a
mejorarme a mí mismo, a mi familia y a la sociedad. Puede parecer egoísta
priorizar mi propio crecimiento, pero es imposible ofrecer a los demás lo que
no se posee: solo desde la solidez personal es posible construir algo para
otros.
No creo que mi presencia en el
mundo sea mero fruto del azar o de un encadenamiento ciego de causas físicas.
El universo es vasto, el planeta inmenso y la sociedad guatemalteca un desafío
constante. Esta vida que se me ofrece es una oportunidad para dejar un legado,
para contribuir a una transformación social que no comience de cero, sino que
se apoye en los cimientos que dejaron pensadores y trabajadores como Edelberto
Torres Rivas, Luis Achaerandio o Pedro Arrupe. Sueño con impulsar una
“revolución blanca” en la educación, capaz de formar no solo personas
competentes, sino también humanas, conscientes, consideradas, comprometidas y
solidarias.
Mi historia personal me ha
moldeado de forma única. No me considero mejor que otros, pero sí distinto, con
una vocación clara hacia una comunión amplia —cercana al sentido cristiano del
ágape— que nos mueva a trabajar por el bien común, donde el bienestar económico
sea consecuencia y no fin, y donde la acumulación de riqueza deje de ser la
norma. Me inclino hacia una visión cercana al “buen vivir” de los pueblos del
sur: que no nos falte lo necesario y que lo que exceda se comparta.
La perspectiva meramente
positivista podría reducir la vida a un conjunto de reacciones químicas
organizadas, pero me resisto a pensar que allí termina la explicación. Tal vez
existan otras formas de vida que desconocemos, incluso vinculadas a planos espirituales
o al alma, como pensaban los griegos. Me gusta pensar que Dios existe, y que
esa certeza abre una comprensión más amplia que la que ofrece el método
científico.
Vivimos un tiempo en el que
resurgen horrores que creímos superados: racismo, supremacía étnica, religiosa
y nacionalista, y un individualismo feroz. En este contexto, mi papel es
combatirlos desde la información, la ciencia, las políticas públicas y la educación.
Quiero que el mundo, y Guatemala en particular, estén mejor después de mi
muerte. Para ello, busco sentar las bases de políticas públicas adaptativas,
transformar procesos de planificación y abrir espacios para la innovación
social que no se limite a la teoría.
Asumo, además, una
responsabilidad ética hacia todos los seres vivos y el planeta. Mi papel no es
dominar, sino cuidar y acompañar, reconociendo al otro como interlocutor
válido, digno de escucha y comprensión. Esto exige abandonar cualquier
pretensión de superioridad moral y cultivar una ética de diálogo y
entendimiento mutuo.
La sociedad y la cultura que me
rodean le dan dirección y propósito a mi vida. No puedo eliminar la desigualdad
—sería ingenuo pensarlo—, pero sí puedo trabajar para acortar distancias,
acercar a quienes hoy están en los márgenes y crear puentes hacia los más
necesitados.
Si tuviera que condensar el
sentido de la vida para mí hoy, diría: vivir con determinación, sentir
intensamente y dedicarme con el corazón a lo que hago, porque hoy estoy y
mañana no lo sé.
Vivir, en definitiva, no es solo
persistir en el tiempo. Es contribuir, desde lo que somos y lo que hacemos, a
que la vida en todas sus formas pueda florecer.
Conclusiones
Concluyendo y volviendo sobre mis
palabras, más allá de las definiciones académicas, la vida se experimenta de
forma personal e irrepetible. Desde mi perspectiva, estar vivo se traduce en
ponerme en acción, en llevar a cabo acciones con impacto profundo y duradero
sobre la realidad, en función de mejorarla para mí, mi familia y la sociedad, es
necesario transformarse a uno mismo.
La vida vale la pena porque no
creo que estemos aquí solo por casualidad o causalidad. El universo es vasto y
complejo; la historia enredada y nuestra sociedad es desafiante y, en
ocasiones, hostil. Sin embargo, precisamente por eso, se me presenta como una
oportunidad para dejar un legado, construir sobre los cimientos de quienes me
precedieron y luchar por cambios que promuevan una convivencia más humana,
consciente, solidaria y comprometida.
Mi ideal es una educación
transformadora, capaz de revertir la competencia irracional y el individualismo
extremo, y de restablecer valores de cooperación y sostenibilidad. Aspiro a un
modelo de sociedad donde el bienestar económico sea una consecuencia natural de
la justicia social, no un fin en sí mismo. Y aunque reconozco que no puedo
eliminar la desigualdad, sí puedo contribuir a reducir las brechas más
dolorosas.
En última instancia, la vida
puede ser interpretada como materia organizada, pero intuyo que hay algo más
allá. Tal vez existan formas de vida que la ciencia aún no puede imaginar, tal
vez haya un plano espiritual que complemente nuestra existencia física. No lo
sé con certeza, pero sí sé que mi papel aquí es trabajar por un mundo que, tras
mi paso, sea un poco mejor de lo que lo encontré.
Como dijo Adela Cortina, la ética
no es un lujo, sino una necesidad para orientar nuestras actividades humanas
hacia el bien común. La vida, entendida como proyecto ético, implica reconocer
al otro como un interlocutor válido, abandonar cualquier pretensión de
superioridad moral y escuchar con la disposición de comprender. Así, mi sentido
de la vida se resume en dedicarme con determinación y corazón a lo que hago,
porque hoy estoy… y mañana no lo sé.
Referencias
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Boeri, Trad.). Buenos Aires. Colihue.
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Médica Panamericana.
Cortina, A. (1996). El estatuto de la ética aplicada. Hermenéutica
crítica de las actividades humanas. Isegoría, (13), 119-127.
Descartes, R. (1642/2008). Meditaciones acerca de la Filosofía
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Margulis, L. (1998/2013). Planeta simbiótico: un nuevo punto
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análisis y notas de Alejandro G. Vigo (Alejandro G. Vigo, Trad.).
Universitaria, Santiago de Chile.
Ricoeur, P. (2006). La vida: Un relato en busca de narrador. Ágora
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Schrödinger, E., & Guerrero, R. (1948). ¿Qué es la vida?.
Espasa-Calpe.
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