Corría el año del Señor de 1985.
Era un 26 de noviembre cuando mi madre me dio a luz, en una Guatemala que, sin
saberlo yo, ya cargaba consigo la herencia de exclusión, desigualdad y olvido
que hoy me resisto a normalizar. Nací en una familia sencilla, como tantas.
Crecí entre el ruido de la ciudad, el eco de las promesas rotas y el calor de
una madre que me enseñó a no quedarme quieto, a no esperar a que el mundo se
enderezara solo.
Trabajé desde los trece años. A
esa edad uno debería estar jugando, o al menos soñando tranquilo, pero me tocó
aprender que los sueños también necesitan esfuerzo, respaldo, estrategia y
horarios. Por coyuntura histórica, económica y familiar, me vi obligado a dejar
una primera carrera universitaria, lo que me llevó a reencontrarme conmigo
mismo y, al mismo tiempo, me abrió los ojos a la realidad nacional. Fue
entonces cuando me topé de frente con la educación, y fui asimilando en mi
práctica docente las enseñanzas de Luis Achaerandio S.J., quien nos recordaba
que educar es una forma de amar, y que enseñar no puede desligarse de la ética.
Este cambio en mi vida me obligó
a combinar estudio y trabajo sin renunciar a lo que quería. Me formé como PEM
especializado en Ciencias Biológicas y Químicas, luego como licenciado en
Educación y Aprendizaje. Más tarde cursé una maestría en ciencias en Política
Social y Gestión Pública. Más que los títulos, lo que me llevé fue la certeza
de que el conocimiento tiene sentido solo si se pone al servicio de otros.
Aprendí que las políticas no son solo documentos, sino compromisos éticos; que
las instituciones no son cascarones vacíos, sino territorios de disputa entre
la técnica, la vocación y la corrupción.
Durante la pandemia, el tiempo
pareció congelarse. Le di la espalda a la docencia al descubrir que, en la
realidad guatemalteca, es casi imposible ser un educador comprometido con su
labor sin ser al mismo tiempo un mártir institucional. En aquel entonces, en
medio de la crisis que me significó abandonar la educación, reflexioné mucho
sobre la expropiación personal, entendida como la pérdida del dominio de uno
mismo, de la vida propia, las acciones y la libertad. Llegué a sentirme, como
escribí entonces, un esclavo de un sistema que no valora a quien educa. El
encierro, sin embargo, también me obligó a repensar la idea de futuro, no como
predicción, sino como construcción.
En ese contexto, escribí mi tesis
de licenciatura, y más tarde, ya como estudiante de maestría, elaboré una
propuesta para garantizar el derecho a una educación de calidad en Guatemala,
ligando política pública, educación, desarrollo y empleo digno. Cuando vi
publicada mi primera investigación formal, no fue orgullo lo que sentí, sino
una responsabilidad más grande. Como dice Boaventura de Sousa Santos, el
conocimiento no debe domesticar la realidad, sino emanciparla.
Mi paso por la administración
pública inició en el Viceministerio de Infraestructura y continuó en la
Dirección General de Caminos. Allí aprendí que los procesos importan, pero
también lo humano que hay detrás de cada obra: una vereda construida no es solo
un camino, es una posibilidad. Una licitación transparente no es solo
eficiencia, es justicia. He trabajado en la planificación y seguimiento de
proyectos viales, en la formulación de bases de licitación, en la atención a
emergencias, en la reorganización institucional y en la priorización
presupuestaria, convencido de que cada acción, por mínima que parezca, debe
estar orientada al bien común.
No me involucré en política para
ganar un cargo, sino para sostener un horizonte. Me sumé al Movimiento Semilla
como quien apuesta por algo mayor que sí mismo. Participé como candidato a
concejal en la Ciudad de Guatemala y, aunque no resulté electo, formo parte de
un proyecto colectivo que busca profesionalizar el servicio público, dignificar
lo común y colocar la ética en el centro del Estado. Porque no basta con
denunciar el pasado: hay que construir futuro.
Desde mi formación y experiencia,
estoy convencido de que el desarrollo de una sociedad depende de cuatro pilares
fundamentales: el acceso a una educación de calidad, la garantía de servicios
de salud universales, las políticas de empleabilidad que generen trabajo digno,
y la inversión sostenida en infraestructura pública. Estas políticas, que
llamamos sociales, son las encargadas de cerrar la brecha que separa
privilegios de derechos. Pero en el caso guatemalteco, esta ecuación queda
incompleta sin una quinta política: el combate frontal a la corrupción y la
impunidad, que pervierten todo lo anterior. Sin esta dimensión ética, cualquier
política se convierte en simulacro.
He comprendido que el tiempo no
es una línea recta ni una herida cerrada. Es, como escribí en uno de mis
textos, un espacio político donde se disputan sentidos, donde se decide si todo
sigue igual o si algo se transforma. Guatemala no necesita que la veamos con
lástima, necesita que la enfrentemos con responsabilidad. Por eso, hoy me
preparo para continuar mis estudios, en un doctorado orientado a la
investigación interdisciplinaria y la transformación social, donde pueda unir
reflexión y acción, ética y política.
Durante muchos años llevé como
lema una frase que me acompañaba como fuego constante: “Un sol ardiente que
no se pone.” Representaba mi terquedad, mi impulso vital, mi negativa a
rendirme. Hoy esa frase ha evolucionado. Tomo prestadas ahora las palabras del
padre Arrupe: “No me resigno a que, cuando yo muera, siga el mundo como si
yo no hubiera vivido.” Porque no se trata solo de hacer, sino de dejar
huella; no de tener razón, sino de generar sentido.
El tiempo me ha enseñado que lo
que hacemos importa, incluso si nadie lo ve de inmediato. Que una tesis puede
sembrar una idea, que una política pública puede cambiar una vida, que una voz
firme puede romper un silencio. Mi vida ha sido, y seguirá siendo, un intento
por estar a la altura de ese llamado, convencido de que lo justo también se
construye en silencio, día tras día, decisión tras decisión.
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